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martes, 20 de agosto de 2013

CUATRO PALABRAS: RIBEIRA SACRA PATRIMONIO HUMANIDAD

¡Y qué cuatro palabras! Parece mentira que en tan pocos vocablos se pueda decir tanto, que estas palabras encierren tanto valor, tanta naturaleza, tanta historia y tantos sueños. Así somos los humanos, capaces de dotar de un simbolismo enorme a tan sólo cuatro palabras y al mismo tiempo, de dejar que esas mismas palabras caigan en el olvido.
Aunque para ser justos he de decir que en las últimas semanas la vieja reivindicación de la declaración de la Ribeira Sacra como Patrimonio de la Humanidad se ha retomado con un nuevo impulso porque otra cosa que también se nos da bien a los humanos es ser “cansinos” hasta la saciedad, o dicho de forma menos coloquial, ser tenaces y persistentes cuando lo que queremos conseguir nos importa. Y está claro que la Ribeira Sacra, a los que la vivimos y la sufrimos, a los que la conocemos y la publicitamos, a los que la escuchamos en sus sonidos y sus silencios, nos importa. Y mucho.
Por eso no nos cansamos de pedir su inclusión en la lista de Bienes declarados Patrimonio de la Humanidad.
Y aquí voy a hacer un breve inciso: se habla y se seguirá hablando de este tema, pero, ¿sabemos, sabe el público en general, lo que se le exige a un bien y al país en que se encuentra ese bien, a la hora de su declaración como Patrimonio de la Humanidad?. Sin pretender entrar en temas jurídicos que se me escapan, lo que sí quiero es hacer llegar a todos aquellos que lean estas líneas unas nociones básicas de lo que la UNESCO exige en estos casos.
Para comenzar, al bien, en este caso natural, que pretenda optar a la declaración se le pide entre otras cosas que “contenga fenómenos naturales extraordinarios o áreas de una belleza natural y una importancia estética excepcional”. Nadie pone en duda a estas alturas la belleza natural ni la importancia estética excepcional de la Ribeira Sacra. Además la zona encierra otra de esas características valoradas en dichas declaraciones y es que “constituya un ejemplo sobresaliente de hábitat o establecimiento humano tradicional, representativo de una cultura o de culturas ahora vulnerables por el impacto de un cambio irreversible”. Si la viticultura heroica no es representativa de una cultura vulnerable, entonces no sé lo que es. Es una cultura que se pierde si nadie lo remedia, si entre todos no lo evitamos, porque el envejecimiento de la población y los pocos alicientes que se le ofrecen a nuestros jóvenes en este sentido son problemas serios para la zona.
Por otro lado, la Convención sobre la protección del patrimonio mundial cultural y natural, (París, 1972) explica que “ un Bien declarado Patrimonio de la Humanidad es un legado de la comunidad internacional y su presencia en un determinado país, le exige a este país un incremento de imaginación, preocupaciones y gastos para conseguir su protección y defensa”. Es decir, en este caso el gobierno español estaría obligado a velar por la protección y defensa de la Ribeira Sacra. Pero claro, en estos momentos, el Estado no está por la labor de incrementar ni preocupación ni mucho menos gastos en nada. A esto hay que sumarle que las empresas hidroeléctricas con grandes intereses económicos en la zona tienen la sartén por el mango porque les basta con amenazar a los gobiernos locales, al autonómico y al central con una pérdida numerosa de puestos de trabajo y, sobre todo, de beneficios económicos para dichos gobiernos para que éstos hagan la vista gorda y miren hacia otro lado.
 Y no se puede olvidar que lo que se le exige al gobierno español en este caso no es poco. Si tenemos en cuenta que España posee 40 de los 831 bienes inscritos en la lista de la UNESCO, el esfuerzo, sobre todo económico, no es pequeño. Y a esto hay que unirle problemas más domésticos como la duplicidad de competencias entre el gobierno central y los autonómicos, asunto en el que no voy a entrar porque supone tal caos que me temo no sabría salir del asunto.
Resumiendo, que la zona cumple con todos los requisitos y más para poder ser incluida como Patrimonio de la Humanidad pero que también debemos apoyar al gobierno para que ese aumento de esfuerzo económico no sólo pese en la balanza de lo público. Es necesario atraer financiación privada y para eso hay que seguir insistiendo en el potencial que encierran los Cañones del Sil, del Mao, y de toda la Ribeira Sacra en general. Tenemos que seguir insistiendo en hacer de la zona uno de los principales destinos turísticos del interior de Galicia, demostrar a los turistas que a veces, que llueva o que haga niebla no significa que el destino no sea de alta calidad, pero sobre todo, tenemos que convencer a nuestros jóvenes de que hay futuro aquí porque mientras no consigamos eso, mientras ellos no conozcan, amen y apuesten por la zona, desde luego, Europa no lo va a hacer.

Sé que la tarea es ardua y el camino lento pero somos gallegos y ¿alguien ha visto alguna vez rendirse a un gallego?.

lunes, 29 de julio de 2013

EL CROWDFUNDING ESTÁ DE MODA

Antes de empezar este post quiero pedir disculpas a los profesionales, expertos o conocedores de la materia por los errores que pueda cometer en mi exposición y que seguro serán errores de principiante pues la verdad, me declaro bastante inculta en este tema. Espero sepan disculparme.
¿Qué es el crowdfunding? Para decirlo de un modo lo más coloquial posible me he sacado de la manga esta definición “de andar por casa” que espero se ajuste a la realidad lo más posible. Por lo que yo entiendo, el crowdfunding es una modalidad de financiación colectiva y voluntaria destinada a salvaguardar cualquier cosa que tenga un interés común, sea un bien, una institución, un paisaje, etc.
Hace relativamente poco tiempo que se escucha esta expresión, por lo menos en nuestro país, que ya sabemos que en estos temas siempre solemos llevar bastante retraso con respecto al resto de países desarrollados. Imagino que el crowdfunding es un fruto más de la tan manida crisis económica, fruto de aquel viejo refrán que decía que el “hambre agudiza el ingenio”, evidentemente llevado a otro contexto. Pero lo cierto es que para ser tan reciente, su uso se ha generalizado de forma extraordinaria y hoy tenemos un buen puñado de ejemplos que se han acogido a esta “moda”. Si hace poco escuchábamos en las noticias que personalidades de todo el mundo colaboraban en la salvación económica de un club de fútbol de nuestro país, recientemente hemos visto y leído que también La Catedral, nuestra catedral, la catedral por excelencia, la de Santiago de Compostela, necesita del apoyo de todos aquellos que sientan por ella ese amor del que hemos hablado otras veces, para hacer frente a diferentes restauraciones.
Personalmente me parece una muy buena opción. Me parece justo que todos (entiéndase, los que puedan, que todos sabemos la que está cayendo) los que disfrutamos del patrimonio, en este caso de la catedral, dando los “croques” en la entrada, abrazándonos al Apóstol, o viendo el espectáculo del Botafumeiro, colaboremos en la conservación del mismo. Lo que ya no me parece tan justo es la cuota mínima, pero eso, es otro tema.
A lo que voy, que está claro que con el extensísimo patrimonio cultural y natural que tenemos por suerte en este país, las instituciones no pueden hacer frente a todo y que, como he dicho, me parece una buena idea. Pero ante esta misma reflexión se me plantea una duda: ¿vamos a poder colaborar en todo?. Es decir, si el baremo para pedir la colaboración ciudadana es el cariño  por lo que se quiera salvar, gente como yo, que amamos el patrimonio más allá de los recuerdos personales que nos aporten sino porque sabemos leer su historia, ver su valor y preveer su futuro, lo vamos a tener francamente difícil porque dicho coloquialmente, no hay bolsillo que lo resista.
Vuelvo al ejemplo de la Catedral; ¿cómo no voy a querer colaborar en su restauración? Claro que quiero, pero también quiero colaborar con la restauración de la Catedral de Ourense cuyas humedades están destruyendo sus muros y las ricas policromías del Pórtico del Paraíso, o el Santuario de Nuestra Señora de Las Ermitas, con problemas estructurales graves que amenazan con hacer desaparecer parte del templo, o Santa María de Oia, cuya proximidad al mar hace que el salitre provoque serios problemas en sus piedras, etc. Y esto es sólo un ejemplo, porque en mi opinión personal, hay también muchas iniciativas que necesitan también un apoyo económico y menciono aquí a los amigos de “O sorriso de Daniel” porque me parece fantástico el trabajo de limpieza y conservación de muchos bienes que realizan simplemente con la colaboración de sus amigos o socios, sin sueldo, sin medios, llueva o haga sol y simplemente por amor al arte, y nunca mejor dicho.

Resumiendo, que el crowdfunding me parece muy interesante como iniciativa pública pero que en ningún caso puede ser la excusa para que las instituciones hagan la vista gorda y miren hacia otro lado. Hay mucho que conservar y todos somos necesarios. 

viernes, 12 de julio de 2013

…Y LA LUZ SE HIZO.

Todos los que nos sentimos atraídos por el arte, sea por afición o por profesión, y en cualquiera de sus manifestaciones, sabemos de la importancia que la luz ha tenido en las obras de los grandes maestros a lo largo de la historia; recordemos sino los edificios de Mies Van Der Rohe construidos casi todos sobre finos  pilares en donde priman los grandes ventanales que dejan que la luz entre a sus anchas para que se refleje con  las distintas superficies, mármoles pulidos, vidrios y cortinas de agua; o la escultura, de la que ya el propio Leonardo dijo que en ella había dos tipos de luces, las luces interiores de cada obra con las que el escultor juega para crear volúmenes, y la luz del foco que la alumbra.
Y no hablemos ya de la pintura, disciplina en donde la luz ha sido siempre tan importante como el propio tema de la obra; la luz es el elemento que nos lleva a hablar de claroscuro;  ella que hace que una pintura se vuelva manierista, por la luz es por lo que en ocasiones  al propio Velázquez se le considera precursor de los pintores impresionistas (véase sino la “Vista del jardín de la Villa Médicis, en Roma”, pintada hacia 1630); ella que se descompone con la aparición de los Impresionistas o que se vuelve blanquísima, azulada y transparente en las obras de Sorolla.
Pues bien, volviendo al maestro Leonardo, tan importante es para cualquier obra de arte la luz interna, como la del foco que la alumbra. Ahí es a donde quería llegar y quería hacerlo porque ayer conocíamos la noticia de que el Museo del Prado, nuestra pinacoteca más importante, va a cambiar la iluminación de todas las salas del museo. El proyecto no es nada sencillo y se calcula que se tardará unos cuatro años en cambiar las bombillas tradicionales actuales por una nueva iluminación con la tecnología LED.
Lejos de querer adentrarme en la eterna discusión de si es más o menos rentable un proyecto de tal magnitud; hay que decir que dicha tecnología varía mucho la percepción que nuestro ojo tiene de la obra en cuestión porque es  una luz más blanca, más clara, que nos permitirá contemplar más claramente los colores originales de cada pintura o las policromías de las esculturas. Además, es una tecnología que reduce la emisión de calor lo que reduce también el deterioro de muchas obras, sobre todo pictóricas.

En fin, para terminar sólo decir que me parece una gran iniciativa y que ya estoy deseando ver las grandes obras del Prado bajo ese nuevo prisma. Me hago una idea de lo que será contemplar grandes obras como “El triunfo de la Muerte” o “El Jardín de las Delicias” en una misma sala y poder admirar más claramente todos los detalles y secretos que esconden y en este momento me gustaría disponer de una máquina del tiempo y poder viajar al futuro pero entonces me doy cuenta que el futuro no está tan lejos  así que habrá que esperar  porque una visita al Museo del Prado, desde luego, bien se lo merece.

miércoles, 26 de junio de 2013

ENAMORÁNDONOS DEL PATRIMONIO

Hace unos meses se publicaba en el Boletín de la Asociación para la Interpretación del Patrimonio (AIP) un artículo de Anna Escarpanter Llandrich titulado “El conocimiento del público condiciona el grado de placer turístico” en el que con muy buen criterio se juega con la palabra “conocimiento”. Digo que se juega porque esa palabra esconde un doble sentido; por un lado el conocimiento que el turista espera recibir cuando asiste a cualquier actividad interpretativa y el conocimiento que cualquier guía, museólogo o intérprete debe de tener de su público si pretende que su mensaje llegue a calar en sus visitantes.
Y es aquí en donde yo quiero incidir aportando mi granito de arena. Es tan importante que el mensaje que queremos transmitir impacte en nuestro público que de ello puede depender el éxito o el fracaso de nuestro trabajo. Como se dice en el mencionado artículo, todos somos público y por lo tanto, todos somos egocéntricos. Esto es algo que desde hace años se sabe y se maneja muy bien en campos como la publicidad; pensemos si no en qué tipo de mensaje publicitario recordamos con mayor facilidad; evidentemente será aquel al que inconscientemente hemos ligado algún momento de nuestra vida bien sea por la música evocadora, por el slogan impactante o porque nos ha hecho reír (o llorar, que también los hay).
Bien, pues en la interpretación del patrimonio sucede lo mismo. Es necesario conocer a nuestro público para poder llegar a impactarles. Y no se trata de hacer un test psicológico de cada uno de ellos sino que es mucho más sencillo; basta con hacer referencias a un pasado común; a un momento histórico relevante o simplemente usar la empatía, que no es más que ponerse en el lugar del otro, para que nuestro mensaje sea efectista y sobre todo efectivo. Además, el fin último de cualquier interpretación es que el visitante se “enamore” del recurso interpretado y ese verbo es esencial. Todos alguna vez nos hemos enamorado y sabemos que ese sentimiento va unido a otros como protección, respeto u orgullo. En el caso del patrimonio, si nuestro público se enamora del bien interpretado conseguiremos no sólo que al finalizar la visita se quede con un gran grato recuerdo sino que nazca en él la necesidad de respetar  y proteger ese bien y el orgullo de sentir que pertenece a algo.

Y para conseguir ese enamoramiento, los intérpretes o guías tenemos que manejar a la perfección el lenguaje y por supuesto debemos distinguir entre “charla” y “discurso”. Parecen sinónimos pero hay un leve matiz que los diferencia y es que “charla” tiene un carácter más informal, mientras que “discurso” lleva implícito un significado más académico, más serio. Una charla es aquello que se desarrolla en un ambiente amistoso y cómodo; el ambiente en el que queremos que se encuentre nuestro público.  El éxito de la charla dependerá evidentemente de nuestra actitud como intérpretes, actitud a la que Tilden denominó “El Ingrediente Inestimable” y ese ingrediente se tiene o no se tiene; se siente o se siente, por eso, y en la línea de otros artículos ya publicados en este blog, repito que no cualquiera puede ser intérprete del patrimonio. Si además de conseguir que nuestra charla llegue al público, podemos (si el recurso lo permite) hacer que los visitantes se involucren en cualquier actividad de campo, nuestro éxito estará asegurado al 100%.

martes, 18 de junio de 2013

LA SATISFACCIÓN DEL TRABAJO BIEN HECHO

Hoy escribo este post con el único objetivo de ensalzar el trabajo de los chicos del Departamento de Información y Didáctica de la “Cidade da Cultura” de Santiago de Compostela.
Recientemente he tenido el placer de visitar la exposición “Orinoco. Viaje a un mundo perdido” y de mi experiencia no puedo sino resaltar el lujo, lujazo, que es para la vista y los oídos dicha exposición. Una colección completa, perfectamente musealizada y sobre todo, lo que es más importante, interpretada. Resalto esto porque no es fácil hacer este tipo de exposiciones cuando tienes un espacio tan inmenso como el que tienen allí. Las propias dimensiones del complejo hacen que se corra el riesgo permanente de tener la sensación de vacío, de espacio sobrante y sobre todo de pérdida, de no saber cómo empezar a moverse. Uno se siente muy pequeñito en medio de la inmensidad. Más aún cuando es la única exposición que acoge el recinto en la actualidad. Será una complicada tarea llenar tales espacios con exposiciones lo suficientemente interesantes para el gran público, pero hay que recordar que el complejo aún es joven y que apenas ha echado a andar. Desde luego, el reto será cuando menos interesante.
Otro reto supuso el guiar por la exposición a grupos de niños y adolescentes; conseguir que se motivasen con lo que veían, que no se perdiesen en el edificio y sobre todo, que el visitar una exposición no fuera sinónimo de aburrimiento sino conseguir que saliesen de allí habiendo aprendido algo sobre una cultura tan diferente a la nuestra y a la vez tan cercana y que pasasen un buen rato.
Con este propósito, la gente del departamento de Información y Didáctica ideó un campamento infantil en la planta baja, campamento con colchonetas, pelotas, juegos, hamacas, etc en donde los niños pueden esparcirse y relajarse con total libertad al mismo tiempo que aprenden. Si además, saliese adelante el proyecto de pasar una noche en el museo en la que los niños se quedan a dormir en la instalación, sería, seguro, un gran éxito.
Así pues, finalizo ya dando muchos ánimos a estos chicos y chicas para que no dejen de imaginar y de proponer, porque demuestran con su trabajo que eso de la generación de jóvenes más preparada de Europa no es un mito, porque tienen talento y ganas de trabajar y porque eso se transmite al gran público, al que les visita y tiene el placer de conocerles, y porque seguro, seguro, que poco a poco irán consiguiendo grandes cosas.
Gracias Miguel por la visita a la “Cidade” y por extensión a Adriana por la compañía. Sois fantásticos.


lunes, 27 de mayo de 2013

¿PARA QUÉ SIRVEN LOS CENTROS DE INTERPRETACIÓN?

Quizá este artículo debería empezar por aclarar qué es la interpretación, pero hay montones de definiciones para esta disciplina así que no me voy a detener en explicaciones, citas, referencias bibliográficas ni estudios en profundidad sobre el tema, que, por cierto, los hay, y muchos y buenos. Simplemente me limitaré a decir que interpretar el patrimonio es tan sencillo y a la vez tan complicado como poner el sentido común y la sensibilidad personal de cada uno al servicio de lo que los ojos perciben. Si usted, ya sea como visitante o como profesional, carece de alguna de estas dos características, entonces, sin ánimo de ofender, dedíquese a otra cosa y a otro tipo de experiencia turística porque como profesional no va a conseguir que su público se vaya satisfecho y como visitante, se a aburrir soberanamente y no va a entender nada de lo que se intente transmitir. Y les explicaré el por qué.
Pongamos el caso de que usted es un profesional que trabaja en un “centro de interpretación”. En el mejor de los casos su tarea consistirá en recibir al público, saludarles amablemente, repartirles un folleto explicativo y guiarles a través del recorrido interpretativo. Si tiene usted la gran suerte de poder interactuar con el público y explicarles lo que van a ver  tiene dos opciones; o cerrar los ojos, relajarse, dejar que la belleza, la historia y la cultura intrínseca del patrimonio que va a explicar le calen la piel e interpretar; o memorizar un texto previamente escrito por alguien que seguramente tampoco entendió nada de lo que veía y “soltarlo” a bocajarro  a los incautos visitantes que entren en el recinto.
Por otro lado si usted es visitante de cualquiera de estos centros, apuesto a que la mayoría de las veces ha salido usted igual que ha entrado, que lo único que ha visto es un local lleno de paneles expositivos, fotos y alguna que otra video proyección que le han dejado con la sensación de que se podía haber ahorrado la parada y, lo peor, apuesto a que una vez fuera del centro, a la media hora usted no era capaz de recordar nada de lo que leyó en dichos paneles, suponiendo que sea usted de los que leen esos paneles. Yo, por ejemplo, nunca lo hago porque la experiencia me dice de antemano que no me van a servir de nada.
Qué quiero decir con todo esto. Que los mal llamados “centros de interpretación” no sirven para nada, excepto para justificar una serie de inversiones a menudo de bastantes cifras, que engorden el apartado de logros del programa político de cada partido en cuestión. Y es que en este país pasan los años y todo sigue igual. Ni siquiera ahora que vivimos en la época de los recortes, de la inexistencia de obra pública, de los endeudamientos de los poderes públicos, del debate sobre duplicidades, etc, etc, repito, ni siquiera ahora nuestros políticos quieren entender que, si tienes una cantidad de dinero “x”, la que sea, mejor apuesta por crear empleo serio y déjate de levantar edificios inútiles a los que les vas a poner un nombre tan inútil como su función.
Un recurso patrimonial, el que sea, no necesita ni necesitará nunca de un edificio en medio o en sus inmediaciones que se llame Centro de Interpretación, Centro de recepción de visitantes, o como quieran llamarlo. Un recurso patrimonial se interpreta por sí sólo; lo único que necesita es mantenimiento y cuidado y uno o dos intérpretes que transmitan al público su valor. Como ven, resalto la palabra intérpretes, porque otro error en el que caen continuamente nuestros sabios políticos es creer que cualquiera puede interpretar. El error es lógico porque ya me dirán que van a saber nuestros responsables políticos de charlas “amenas”, “pertinentes”, “organizadas” y “temáticas”; ni de audiencias cautivas o no cautivas ni de los diferentes tipos de charlas, que no discursos. Cierto es que un político no puede saberlo todo pero a menudo están rodeados de un sinfín de asesores que, al menos en este caso, tampoco se molestan por hacer bien su trabajo.  Pero en fin, éste es otro tema y tiempo habrá para analizarlo.

A lo que iba, y como conclusión, que todavía no hemos aprendido a poner en valor nuestro riquísimo y abundante patrimonio; que seguimos pensando que invertir el poco dinero público del que se dispone, y que por cierto sale de nuestros maltrechos bolsillos, en este tipo de centros es una buena inversión porque así en las próximos comicios electorales podremos presumir de haber apostado por nuestro patrimonio, que nuestros políticos siguen pensando que los turistas que nos visitan, nacionales o no, son tontos y comulgan con cualquier patraña que se les ofrezca y que mientras esto pasa, estamos perdiendo una cantidad de tiempo y dinero que será irrecuperable. Mientras en este país no entendamos ciertas cosas básicas y de “sentidiño” que se dice en mi tierra, ya nos podemos ir olvidando de salir airosos de ésta. 

viernes, 10 de mayo de 2013

EL TRISTE FINAL DE LA PELÍCULA


Había una vez un país en el todos sus habitantes eran felices, muy felices. La inmensa mayoría de los que allí vivían tenían un trabajo que les permitía llevar un digno estilo de vida, tenían sus casas, sus hijos, su mes de vacaciones, uno o dos coches por casa dependiendo si trabajaban mamá y papá o sólo uno de ellos, a los abuelos los veían de vez en cuando si éstos disfrutaban de su vejez apuntándose a los viajes para la tercera edad financiados por el gobierno, o los fines de semana si tenían que hacer de canguros ocasionales. En todas las casas de este país entraban buenos productos para la cena de Nochebuena y los Reyes siempre venían cargados de regalos aunque te hubieses portado mal o no hubieses aprobado en el cole. Si te ponías enfermo sólo que había que llamar a una ambulancia que te acercaba a un hospital en donde los mejores sanitarios te atendían siempre de la mejor de las maneras y, si te aburrías entre semana, siempre te podías ir al cine, al teatro o a disfrutar en cualquier cafetería del casco antiguo de conciertos de diferentes estilos musicales con actuaciones en directo. ¡Se vivía tan bien en ese país!
Se vivía tan bien que sus habitantes no se dieron cuenta de que estaban viviendo por encima de sus posibilidades ni de que se volvían avariciosos y codiciosos. Así que un día los dioses se enfadaron y decidieron enviarles un castigo a la altura de sus pecados. El castigo llegó en forma de crisis económica y fue devastador. Las mamás y los papás dejaron de trabajar, los bancos dejaron de prestar dinero y ya no se podían pagar las casas, se vendieron el o los coches, los abuelos dejaron de ir de vacaciones porque había que ayudar económicamente a los hijos, en Nochebuena ya sólo se ponía un plato de marisco y los Reyes empezaron a dejar ropa o calzado en vez de montañas de juguetes y cacharros electrónicos. Ahora ya no te podías poner enfermo porque la ambulancia te cobraba por llevarte al hospital y el personal sanitario había perdido su sonrisa porque habían visto cómo más de la mitad de sus compañeros también habían perdido su trabajo y ellos no daban abasto. Y si te aburrías, pues bajabas a pasear a la calle porque los cines y los teatros habían cerrado.
Ese país se llamaba y se llama aún hoy España. Lo que acabo de relatar suena a cuento pero no lo es. Hoy hemos sabido que Pontevedra será la primera capital de provincia sin salas de cine al cerrar sus puertas en breve la única que quedaba. Esto, unido al cierre de Alta Films, distribuidora cinematográfica de referencia, hace que los amantes del cine vistamos hoy de luto. ¿Cómo les vamos a explicar a las generaciones futuras que conocimos a Haneke, a Polanski o a Michael Moore sentados en un cine? Podrán conocer esas películas a través de Internet, claro, la red de redes que llega a todos los lados, pero ya nunca conocerán la magia de sentarse en un cine, frente a una gran pantalla y disfrutar de una película en versión original. ¡Qué triste!
¿Hasta cuando nos van a seguir quitando todo lo que habíamos conseguido estos políticos nuestros que sólo piensan en subir impuestos y rescatar bancos, a los que por cierto, no se les sube nada? ¿Nos van a seguir tomando el pelo con eso de que la cultura no es rentable? En tal caso, para ellos lo que no es rentable es tener una sociedad culta porque no se deja manipular y en un país donde los príncipes, los ministros y los banqueros juegan a “a ver quién roba más”, lo que interesa es silenciar a la opinión pública.
Para terminar, y como merece la ocasión, se me viene a la cabeza el título de una película de uno de los grandes, ¡TODOS A LA CÁRCEL!.